lunes, marzo 23, 2009

La moral del aborto . Carlos Peña


El punto de partida lo dio Frei. Con el mismo tono con que pudo desafiar a una partida de naipes -como si nada importara demasiado- dijo estar abierto a discutir del aborto terapéutico. No dijo qué pensaba él acerca de ese tipo de aborto (ya sabemos que la virtud de Frei no es la reflexión, sino la voluntad). Sólo dijo que estaba dispuesto a debatir el punto.

No es mucho. Pero es algo.

Piñera, por su parte, hojeó el libro de citas, miró hacia su derecha, ejecutó uno de sus tics, y sin dudas aparentes (a Piñera a veces pueden faltarle ideas, pero le sobra énfasis) dijo que él estaba a favor de la vida y en contra de todo tipo de aborto.

Tampoco es mucho.

Y es que en el caso del aborto -como en otros temas que poseen importancia moral- no se saca nada con generalidades o frases de campaña. Lo más probable es que -como parece creerlo la opinión pública- no resulte razonable ni prohibir en términos absolutos el aborto, ni tampoco permitirlo en todos los casos ¿Obvio? Quizá; pero sensato.

Veamos.

Desde luego es difícil oponerse al aborto terapéutico. Si puesto ante la necesidad de sacrificar al feto para salvar la vida de la madre, el médico practica un aborto, no parece muy razonable sancionarlo penalmente. Después de todo esa es una elección trágica. Es como sancionar como culpable de homicidio al capitán de un buque que, no pudiendo salvar a dos náufragos, escoge sólo a uno.

En casos como esos -elecciones trágicas podemos llamarlas- no es ni al capitán ni al náufrago a quien hay que culpar.

Tampoco parece difícil el caso del aborto cuando el feto es seguramente inviable. En esos casos, ¿qué sentido público tiene obligar a la mujer a vivir la experiencia desoladora de esperar una pérdida segura? Ese tipo de decisiones no pueden ser exigidas por el derecho. Se trata de acciones que cada uno tomará iluminado por sus convicciones íntimas o la moral religiosa a la que adhiere. Usted puede intentar persuadir a una mujer a que sobrelleve esa experiencia (porque, por ejemplo, usted piensa que el sufrimiento tiene un valor trascendente), pero no se puede coaccionar a ninguna a vivirla. La mujer es quien debe escoger.

En fin, se encuentra el caso de la mujer que es víctima de una violación. Éste, por supuesto, no es un caso de aborto terapéutico. Llamémoslo aborto a secas. La pregunta que en este caso cabe formular es si contamos con razones para obligar a una mujer que fue víctima de una violación a sobrellevar el embarazo.

No es difícil estar de acuerdo en que la violación es una experiencia devastadora para la mujer, un atentado a su libertad personal y sexual. También podemos estar de acuerdo en que el fruto de esa violación es inocente. La cuestión que ahora cabe preguntar es la que sigue: ¿podemos imponerle a la mujer violada, contra su voluntad expresa, la carga de sobrellevar un embarazo que le recuerda la experiencia humillante y desoladora de que fue víctima con el argumento que, de esa forma, salvará a un inocente?

La pregunta es cruda; pero en este tipo de temas no es posible eludir el dramatismo y la tragedia.

A primera vista la respuesta frente a esa pregunta debiera ser positiva, pero si la miramos con cuidado la respuesta debiera ser no. Imponer esa carga a una mujer violada parece excesivo. Y ello por la misma razón que ninguno de nosotros parece estar dispuesto a sacrificar una parte importante de su plan de vida para evitar que un inocente muera en el mundo. Para recurrir a un viejo ejemplo: usted no aceptaría que lo obligaran a transfundir durante meses su sangre con un desconocido con el argumento que, de otra forma, una vida se extinguiría. Mutatis mutandi -cambiado lo que hay que cambiar, como dicen los abogados-, ¿por qué entonces le exigimos a la víctima de violación que lo haga? ¿Por qué si respetamos que una familia se niegue a donar órganos -aunque ello pueda significar la muerte de un inocente-, obligamos en cambio a una mujer violada a sostener el embarazo, algo que, sin duda, es mucho más gravoso que donar el órgano de un cadáver?

Una exigencia semejante -obligar a la víctima de violación a mantener el embarazo- es excesiva.

Y es que en la vida hay actos moralmente obligatorios (y la mayor parte de ellos el derecho debe recogerlos) y otros que son supererogatorios (actos que por ir más allá de lo que podemos exigirnos mutuamente, el derecho no puede recoger). Estas últimas son el tipo de cosas que hacen los santos y los héroes. Por supuesto, una mujer violada puede decidir ser heroína o santa (y se ganaría la admiración de todos), pero esa no puede ser una obligación coactiva que impongamos a quien ya ha sido víctima.

Salvo, claro, que usted, como Piñera, declare ser partidario absoluto de la vida: en cuyo caso se obliga ante todos a sacrificar porciones muy importantes de sí mismo y de su propio bienestar para impedir que algún inocente muera en el mundo.


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