lunes, diciembre 22, 2008

Retrato de un cacique. F.Villegas


Difícil hacer un perfil de Guido Girardi, quien, como es público y notorio, inició la vergonzosa cadena de presiones en virtud de la cual -si acaso aquí podemos usamos la palabra "virtud"- un carabinero que lo multó por exceso de velocidad terminó en serias dificultades con sus propias autoridades. Ya veremos por qué es tan arduo elaborar dicho perfil. Mientras tanto recordemos que a la ciudadanía el abuso de poder manifestado por y en ese episodio la ha sulfurado como pocas veces se había visto antes.
Girardi ha sido, tal parece, el fulminante, encendiendo una carga explosiva acumulada tras años de deterioro de la imagen pública de los "honorables". A Girardi, como a otros de su profesión, la ley y la opinión pública le importan poco o nada, salvo que haya una elección ad portas y el oportunismo los ponga en estado de alerta. Quizás esa indiferencia a la ley ya podría ser parte de su perfil, aunque en tal caso se trataría de un rasgo muy poco original, nada de singular, más bien pedestre; en Chile no hay escasez de ciudadanos irresponsables y algo idiotas en el sentido griego del término, iota-delta-iota-omega- teta-alfa, esto es, ajenos y foráneos a los mandatos de su propia comunidad. Lo que Girardi agrega al consabido cuadro, su aporte personal, es que parece considerar su voluntad, deseo e investidura no sólo al margen, sino además muy por encima de cualquier disposición válida para el resto de los ciudadanos.
Pero eso es entendible: tras años de darse siempre en el gusto manipulando, haciendo y deshaciendo dentro y fuera de su partido, poniendo y sacando gente de listas de candidatos, distribuyendo pegas a agradecidos clientes, usando recursos públicos (incluyendo papel y sobre para cartas), instalando a su gente en pitutos, gobernando casi todos los cupos disponibles en Salud y metiendo sus garras en lo que ha podido, imposible que acepte ahora con bonhomía el parte cursado por un humilde carabinero.
Su carrera lo ha persuadido de ser omnisciente y omnipotente. Girardi -como otros de la misma catadura cívica- ya no concibe que algo o alguien pueda oponerse a su desmesurado ego. Posiblemente eso fue lo que le hizo parecer legítimo el movilizar a telefonazo limpio a una subsecretaria porque no le gustó el semblante del funcionario policial, por no rendirle pleitesía. Y entonces Girardi puso a su servicio los engranajes de la máquina del Estado .

Volvamos ahora a lo de su perfil. Dije que había sido arduo intentarlo. Me explico: lo fue no por falta de información, sino por exceso. Cuesta filtrar tantos furiosos calificativos, amargos desdenes, duros reproches y demoledores juicios. No se sabe por dónde empezar. En una rueda telefónica que recorrió apenas la mitad del directorio de mi agenda de políticos, incluyendo gente del PPD, la persona de Girardi salió menos favorecida de lo que uno podría pensar que sucede cuando se consulta a socios y seguidores. Da la sensación que incluso con sus camaradas acumula una inmensa deuda que sólo ha estado esperando ocasión para presentarse a cobro.

Insisto que quisiera hacerle un perfil, pero aparte de las acusaciones hechas por esos interlocutores, del cuadro quizás exagerado donde aparece descrito como un tenebroso cacique político, como cabeza de una red de influencias y poder manejada con mano de hierro, de Girardi sólo conocemos lo que él mismo ha hecho público durante su larga trayectoria. ¿Cómo olvidar la ocasión cuando, luego de un accidente, citó a toda la prensa de Chile para anunciar ruidosamente su inminente silencio? Esos melodramas son los que hacen recordar que un torrente de sangre meridional enciende su sistema circulatorio. Hay en él, en efecto, algo del figurón que se trepa a un escenario a vociferar Karaoke. La fisiología también enseña un poco: de boca grande y a menudo entreabierta, ansiosa, de ojos sobresalientes y nariz prominente, sus rasgos revelan a un tipo voluntarioso, obstinado y profundamente egotista. Revelan además, tras tanta energía y desparpajo, cierta debilidad interior, física y psíquica. Girardi, hiperquinético como es, está a años luz de la verdadera fuerza, la cual se despliega más bien en el reposo. En el reino animal es el tranquilo elefante el que uno reconoce como potente, no la movediza zarigüeya.

¿Servirá eso para un verdadero perfil? Es dudoso. Por eso no lo haré. Hasta un hombre público oculta muchas áreas privadas. Debe haber en Girardi sutilezas, matices y profundidades de las que no tenemos idea. Por otra parte, la vida pública es necesariamente reductora; obliga al titular de un cargo a revelarse entero en lo que hace y dice en el escenario, a dejarse juzgar por sólo eso, a que se le pidan cuentas por sus palabras y no por sus silencios, por sus actos y no por su renuencias. En ese plano Girardi, al menos hasta hoy, está falto, pero eso podría subsanarse. Así pues como mínimo suspenderemos el juicio y dejaremos el perfil para otro día…
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