martes, junio 21, 2011

El arte de embriagar la perdiz. Rafael Gumucio R.

El gobierno del presidente Sebastián Piñera ostenta el récord de embriagar la perdiz: propone cada día un proyecto nuevo, con titulares rimbombantes; si fuéramos tan tontos para seguirlo, estaríamos convencidos de que, por ejemplo, Joaquín Lavín hizo realmente una revolución en la educación, sin embargo, existe una gran mayoría de universidades y más de cincuenta liceos en toma, incluso, se vislumbra una nueva rebelión de los pingüinos.


Si le creyéramos al ministro de Salud, Jaime Mañalich, estaríamos viviendo un cambio fundamental en la atención en los hospitales. La verdad, es que siguen tratando como animales a los pobres de este país, sin embargo, tenemos copado los centros de salud con dantescas epidemias de virus sincicial y de influenza. Impresiona, a simple vista, la manera en que se mueve el ministro en apariciones diarias, en los medios de comunicación: ora para combatir la obesidad y la comida chatarra, ora para luchar contra el tabaquismo – eliminando el chicle con nicotina y el cigarrillo electrónico – ora proponiéndose acortar las listas de espera del Plan Auge, ora, luchando a brazo partido contra la contaminación, especialmente la de los autos catalíticos. Si bastara el famoso 24/24 del activismo piñerista, viviríamos en Jauja, pero tanto afán es sensacionalismo puro y duro.

Si creyéramos al ministro de Vivienda, hace mucho que hubiéramos terminado con los campamentos – y no la espera de diez años como se oyó por ahí (para el 2020) – y las zonas devastadas por el terremoto no tendrían que pasar un nuevo invierno en mediaguas, que se anegan con la lluvia.

Si le creyéramos al ministro Secretario de la Presidencia, para las elecciones municipales a celebrarse el próximo año, tendríamos un padrón electoral basado en la inscripción automática, el voto voluntario y el sufragio de los chilenos en el extranjero; para qué decir del urgente reemplazo del sistema binominal por el proporcional, los plebiscitos revocatorios, la elección de intendentes y consejeros regionales, las primarias vinculantes y la iniciativa popular de ley; no obstante, en la encuesta Adimark, se muestra la pésima calidad de la política, la persistencia de una plutocracia muy marcada y la absoluta falta de voluntad de los políticos para abrir caminos a la participación y la inclusión de todos los ciudadanos.

Si escucháramos al ministro de Economía terminaríamos convencidos de que los entes reguladores del mercado funcionan, sin embargo, los bancos juegan como el gato y ratón con los consumidores de créditos – en el caso de La Polar se probó la negligencia de la Superintendencia de Bancos y la conducta abusiva que deslinda en el dolo, de los ejecutivos y directivos de dicha empresa- muchos pueden sospechar que este podría ser el inicio de un conjunto de conductas que terminarán por aniquilar al deudor; es imposible pagar un crédito repactado con una tasa máxima del 49%. Como bien lo sostiene un economista, hasta el millonario presidente de la república sería un cliente riesgoso con tal tasa de interés. Para qué hablar de las calificadoras de riesgo, que son un chiste.

Con todos estos antecedentes nadie se atreve a negar que el gobierno de la derecha ha demostrado una eximia habilidad para emborrachar a las perdices prometiendo proyectos aparentemente revolucionarios y acuerdos por doquier – con seguidores y opositores – que terminan siendo solamente titulares o una especie de “paquete chileno” que contiene solo

papel, discursos con lugares comunes, mucha publicidad y apretones de manos. Al fin y al
cabo, el 70% de los chilenos que gana menos $400.000 por familia sigue viviendo en la mierda
y, con justa razón, está indignado, y sin encontrar otra forma de manifestarlo, recurre a las
manifestaciones, paros y encuestas.

Jamás los políticos aceptarán, por conveniencia propia, que estamos en una crisis de representación, que en sus cargos no representan, para nada, a la soberanía popular y que más temprano que tarde la ciudadanía los enviará, espero definitivamente, o a sus casas o al cementerio, como lo proponía el famoso poeta Vicente Huidobro.