martes, marzo 30, 2010

Reconstruyendo . Eugenio Tironi

La reconstrucción tiene un triple desafío. Levantar las viviendas y edificaciones que se han caído, y robustecer al mismo tiempo las instituciones y la sociedad civil, que en la catástrofe han revelado sus falencias. Para esto sugiero algunos criterios a tener en cuenta.
Primero: Asumir que la catástrofe es enorme, y que no ha terminado. Golpea más a quienes no tienen recursos económicos ni redes sociales. Pero los afectados somos muchos más. Ella cambió la agenda de las personas y familias y, por cierto, del Gobierno y la oposición. Estamos todos en un momento de reestructuración, y esto es siempre desgarrador. Por eso mismo, es errado y contraproducente andar por ahí anunciando “que la emergencia ya pasó”, que todo está “normalizado”, y que “es hora de mirar para adelante con fuerza y optimismo”. Es preferible, con mucho, mantenernos vigilantes y ser prudentes, y desde ahí ir saliendo lentamente adelante. ...Segundo: El terremoto ha refrescado el terror al individualismo salvaje, como el expresado en los saqueos, y revalorizado el altruismo y las redes comunitarias. Descubrimos dramáticamente que es lo único que puede salvarnos en una catástrofe. Estos valores hay que afianzarlos y no demolerlos en aras de la reconstrucción. Se afianzan cuando se promueven la participación y las soluciones colectivas; se destruyen cuando se promueven respuestas individuales basadas en incentivos de mercado. Éstas son útiles para muchas cosas, pero no para construir capital social; y éste lo necesitamos para hacernos más resilientes ante nuevas catástrofes.

Tercero: Robustecer las instituciones y comunidades locales está en el núcleo mismo de la reconstrucción. Si los damnificados son tratados como objetos, la reconstrucción no merece siquiera el nombre de tal. Ésta hay que planearla y ejecutarla con los municipios, para aprovechar su conocimiento y reforzar su legitimidad y capacidad de gestión. Escuchando las necesidades y propuestas de los afectados, incorporándolos a las obras en marcha, respetando sus formas de vida, utilizando materiales y tecnologías vernáculas. Cuanto más débiles sean los municipios y comunidades, más hay que invertir en esto. Suponer que la acción centralizada y tecnificada sería más “eficiente” es una ilusión. En el Chile actual la gente, no importa lo damnificada que esté, exige que la tomen en cuenta y rechazará aquello que se le imponga desde arriba.

Cuarto: Es vital empalmar —y no divorciar— la emergencia con la reconstrucción. Los damnificados necesitan con premura un horizonte de largo plazo. Lo precisan para superar el trauma y para poder soportar mejor los rigores de la emergencia. Bosquejar la reconstrucción es un componente clave de la superación de la emergencia. Incitar a los damnificados a que rechacen la “mediagua”, porque pronto vendrá la reconstrucción con una solución mejor, ha sido un grave error. Esto es falso, al menos antes de fin de año. El Gobierno debería dejarlo claro, en vez de andar sembrando falsas expectativas.

Quinto: El tipo de problemas, soluciones y actitudes que prevalecía antes del terremoto se ha vuelto pequeño, miope y mezquino. La catástrofe ha abierto el apetito por sustituir la rutina por la experimentación, el incrementalismo por la innovación, el paper por el prototipo, los estándares del siglo XX por los del XXI. El terremoto y la reconstrucción pueden ser la incubadora de nuevas soluciones a problemas públicos, y dar lugar a un quiebre histórico del que surja una nueva generación. La emergencia no debe hacer perder de vista esta dimensión subversiva de la reconstrucción.

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