lunes, septiembre 14, 2009

Las cartas están sobre la mesa. Felipe Pozo

Frei, como es obvio, representa a la Concertación. Esa es su principal fortaleza y, a la vez, su mayor debilidad. Porque en la medida del éxito o fracaso está definitivamente radicada en la profundidad del deterioro en la adhesión al conglomerado oficialista.
Primer dato: cuatro de los seis candidatos presidenciales posibles ya formalizaron su presencia en la papeleta electoral de diciembre. Y, la posibilidad de que Adolfo Zaldívar y Alejandro Navarro agreguen sus nombres mañana no hace mayor diferencia.
Segundo dato: el padrón electoral vuelve a mostrar el estancamiento, o retroceso, de su conformación. La cifra dura resulta brutal; el 80 por ciento de los actuales ciudadanos ya estaban inscritos de 1989. Es decir, 8 de cada diez votantes eligió entre Aylwin, Büchi y Errázuriz, hace veinte años
Tercer dato: las plantillas parlamentarias muestran las máximas novedades. Desde el acuerdo Concertación-Juntos Podemos, hasta los pactos instrumentales entre el PRI y Soria, pasando por el marquismo, nos encontramos como nunca antes con una oferta variopinta y cruzada que, en muchos distritos y circunscripciones, puede remecer la lógica establecida, pero limitando con las fronteras del binominalismo, que asegura una “estabilidad” en la estructura final de la Cámara y el Senado.

Cuarto dato: tendremos segunda vuelta presidencial. Y es seguro que Sebastián Piñera estará en ella. ¿Compitiendo con quién? Los números dicen Frei. Las especulaciones hablan que existe la posibilidad de que llegue Enríquez-Ominami.

Quinto, y último dato: la popularidad de la Presidenta Bachelet, que no es lo mismo que la de su gobierno, se ha transformado en un “hecho político” en sí mismo y la “herencia” de su imagen es materia disputada por, al menos, dos de los postulantes a sucederla.

Instalados, entonces, en el escenario más o menos definitivo en que se desenvolverá la última etapa de la batalla, no está de más revisar qué representan cada una de las opciones mayoritarias.

Piñera es la derecha. No ha logrado sumar otros apoyos que provengan de mundos diferentes a la Alianza y su discurso de “la nueva mayoría”, entendido como la construcción de un referente más amplio y transversal, ha debido retirarse de la escena sin aplausos, relegando a la Coalición por el Cambio al baúl de los múltiples eslóganes fracasados. Además, la intención de ofrecerse como un innovador del tejido político nacional tampoco ha prendido y, cada vez más, el empresario acude al discurso tradicional del desalojo del oficialismo. Tal como lo reconoce Longueira, hay un déficit en el discurso del piñerismo que no ha logrado radicar su opción en los atributos personales del candidato. Existe otro factor de complicación que debe considerarse. Piñera no es “el” líder de la Alianza. Más bien la suya es una candidatura impuesta por la fuerza de los hechos y no por la adhesión entusiasta de sus apoyos partidarios. Por eso, la cruenta competencia entre los postulantes aliancistas al Parlamento no repara en el daño que pueden hacer a la campaña presidencial. Simplemente, porque para ellos ese no es el asunto principal.

Frei, como es obvio, representa a la Concertación. Esa es su principal fortaleza y, a la vez, su mayor debilidad. Porque en la medida del éxito o fracaso está definitivamente radicada en la profundidad del deterioro en la adhesión al conglomerado oficialista. Sin la misma intensidad del caso Piñera-Alianza, el nivel de liderazgo de Frei en su coalición no es demasiado alto. El ex Presidente y actual senador ha logrado consolidar su presencia como la más confiable dentro del arco oficialista, pero no se trata de una entrega incondicional. Frei necesita convencer de que es capaz de renovar, desde dentro, al concertacionismo. Establecer claves más transparentes de relación con el poder y abrir las puertas a la irrupción de nuevas caras que tomen, paulatina pero consistentemente, la conducción del conglomerado. Es una tarea compleja, porque la actitud de las estructuras oficialistas poco colabora en esta dirección. En ese sentido, la construcción de las plantillas parlamentarias han dado muestras contradictorias, entre la apertura de espacios y el peso de la fuerza cupular para imponer opciones.

El gran peso de la tarea termina por empujar hacia un argumento final. ¿Puede una persona de historial concertacionista permitir que gobierne la derecha? De alguna manera, es una lógica emparentada con la tesis derechista del desalojo; más que a la adhesión se recurre al rechazo del contrario.

En la discusión estratégica del comando freísta está muy presente la necesidad de plasmar un discurso que, sin abandonar el recurso de “hay que evitar que gane la derecha”, logre instalar como plausible la promesa de continuidad y cambio que permitiría un nuevo pacto de confianza entre la Concertación y sus electores.

Marco, después de acelerar por la autopista, llegó a la zona de curvas. Necesita, para seguir creciendo y aspirar a la segunda vuelta, demostrar identidad y capacidad de hacer gobierno. Para eso intenta conjugar dos cuestiones de naturaleza contradictoria: derrotar a la Concertación y asumir su representación en estado de retorno a la inocencia original. Por eso ataca duramente a Frei y a los dirigentes partidarios, mientras que a la vez intenta capitalizar para sí la imagen de Bachelet. Una apuesta que requiere se vista con mucha simpatía para no revelar su escasa consistencia. El problema es que, en las actuales circunstancias y con los equipos estables que ha logrado constituir, no tiene muchas otras alternativas. Porque, al final del día, una cosa es la denuncia y otra la propuesta.

En suma, un panorama con muchas carencias, que no se ve demasiado alentador a la hora de tomar la temperatura de nuestro sistema político
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