lunes, abril 27, 2009

Defensa del cuoteo . Carlos Peña


La política -esa actividad que, según Max Weber, exige pactar con el diablo- está llena de imperfecciones. Una de las más obvias es la que se produce a la hora de asignar los cargos en la administración estatal: ¿ha de preferirse a los que parecen mejores o a los que parecen leales?
La respuesta se ve sencilla: ¡a los mejores!
Desgraciadamente, las cosas no son tan simples.
Las coaliciones políticas (de derecha y de izquierda, las de gobierno y las de oposición, las que se persignan y las que no) no son un puñado de filántropos o de franciscanos, sino gente que se mueve también por intereses individuales (un empleo, alguna ventaja, alguna notoriedad). Por eso, si un Presidente deja a un lado a los leales para escoger sólo a los mejores, los primeros no tendrán incentivos para apoyarlo y él tendrá dificultades para ejecutar su programa.
Así que no queda otra: el político debe, en ocasiones, escoger a los que aparentan ser leales, aunque no sean los mejores.
Es lo que se llama el cuoteo: escoger para los cargos públicos a quienes forman parte de la coalición gobernante, incluso cuando haya mejores fuera de ella.
Es lo mismo que -con una franqueza inesperada- confesó el ministro Vidal: escogió a Michel (hoy día acusado de malversación), a sabiendas de que no era el mejor, como una forma de eludir un conflicto con la DC. Así es la política; aunque el ministro Pérez Yoma y el senador Escalona se echen tierra a los ojos y quieran convencernos de que gobernar se parece a administrar un concurso de talentos.Ese rasgo de la política (consistente en premiar a los que están cerca aunque no sean los mejores) aparece desde antiguo en la literatura. En la República de Platón ya hay quien opina que la justicia consiste en hacer el bien al amigo y perjudicar al enemigo. Y Maquiavelo pone en boca de uno de los Medici el dicho "los estados no se gobiernan con Padrenuestros", queriendo decir con ello que en la política no siempre se siguen las reglas de la más estricta ética. Y no es raro. Si bastara con la ética, ¿para que tendríamos la política?
En Chile las cosas nunca han sido muy distintas tampoco.
Jorge Alessandri (el epítome de la probidad) dispuso de facultades extraordinarias para distribuir los cargos de la administración a favor de sus partidarios (entre ellos se contaban los radicales, y por eso Alessandri, en vez de alegar por el cuoteo, se quejó de que La Moneda se le iba a llenar de abrigos amarillos). Más tarde esas facultades se prohibieron. Pero entonces surgieron las plantas paralelas que existen hasta hoy: asesores y personal a contrata.
En todos esos casos el resultado es el mismo: una parte de la administración se distribuye entre los partidarios como una forma de asegurar su lealtad, y poder así llevar adelante el programa. ¿Bueno? ¿Malo? Ni lo uno ni lo otro: inevitable. Está en la naturaleza misma de la política el distribuir el poder entre quienes alcanzan la victoria. ¿O pensará alguien que debe ser distribuido entre quienes son derrotados?
El problema entonces no es el cuoteo -el más mínimo realismo político indica que es inevitable-, sino el cuidado que debe ponerse al aplicarlo y la amplitud con que se lo admite. Es malo escoger pícaros o ladrones; pero no lo es gobernar con los miembros de la propia coalición. Es malo distribuir con criterios políticos los empleos fiscales, pero no lo es ocupar, con esos mismos criterios, la administración del Estado.
En suma: es malo hurtar o malversar; pero no cuotear.
Y es que el cuoteo, a pesar de la mala prensa, es parte indisoluble de la política.
Pero no sólo el cuoteo. También es parte de ella negarlo, mirar al cielo, y hacer ofertas difíciles de cumplir.
No se explica de otra forma la promesa de la oposición de que si obtiene el gobierno, no habrá cuoteo. Porque todos sabemos que eso no es posible. Si la ciudadanía elige a la Alianza, es para que sean ellos los que gobiernen. La ilusión de un gobierno de expertos al margen del partido al que pertenezcan (un sueño semejante aparece también en Platón) es un absurdo que no se realiza en ninguna democracia del mundo.
Y es que así como Cosme de Medici nos recuerda que no se gobierna con el Padrenuestro en la mano, es hora de recordar que tampoco se conducen los Estados -¿verdad, ministro? ¿Cierto, senador?- repitiendo ingenuidades o leyendo manuales de management.
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