miércoles, agosto 20, 2008

Coraje y mezquindad “El Mercurio”. Eugenio Tironi

No soy parte ni de sus amigos ni de sus correligionarios, y quizás no lo necesita; pero me parece un deber elemental salir en defensa de Marcelo Schilling. Designado por el Partido Socialista para suceder al respetado Juan Bustos en la Cámara de Diputados, fue cuestionado por parlamentarios de su propio partido por el papel que le cupo en la desarticulación de los grupos armados a comienzos de los años 90. Como señal de menosprecio, ellos se ausentaron de la sala al momento de su juramento.
Soy testigo directo de las circunstancias que colocaron a Schilling a la cabeza de esa tarea a comienzos de la administración Aylwin. Eran tiempos en que la democracia que hoy tenemos era extremadamente frágil. El gobierno recién electo carecía de control real sobre las Fuerzas Armadas y las policías, al punto de que hasta en La Moneda se encontraban micrófonos, y el Ejército se daba el lujo de realizar operativos para amedrentar al país y vanagloriarse de su autonomía. Estaba en duda si la nueva democracia sería capaz de contener y canalizar las gigantescas demandas sociales acumuladas, y el mundo de los negocios la observaba con desenfadada sospecha. Muchos esperaban con ansias su fracaso, para despejar el camino a un retorno triunfal del autoritarismo. Este contexto de incertidumbre se acentuaba por efecto de un fenómeno en ascenso: la reorganización de grupos armados de izquierda, decididos a tomar la justicia por sus manos con los violadores de los derechos humanos durante la dictadura, lo que condujo a atentados y secuestros de alta connotación pública. La situación llegó al límite el 1 de abril de 1991, cuando uno de estos grupos asesinó al senador Jaime Guzmán.

La suerte de los procesos históricos a veces se juega en pocas horas. Así ocurrió entonces con la nueva democracia. La derecha se lanzó a cuestionar al gobierno por su debilidad ante los grupos armados, mientras Pinochet sugería que la lucha antiterrorista volviera a manos de las Fuerzas Armadas. En el gobierno, en tanto, reinaban el abatimiento y el desconcierto. Abatimiento, porque una tesis que formaba parte de la identidad de la centroizquierda, como lo era la de que los grupos armados desaparecerían automáticamente con la consolidación de la democracia y la promoción de la verdad, justicia y reparación en materia de derechos humanos, se había caído a pedazos. El asunto, más bien, era al revés: había que poner fin a esos grupos si se querían asegurar la democracia y la justicia. Desconcierto, porque se hacía evidente que el gobierno carecía de las herramientas para desarticular a los grupos armados en el marco y con las reglas de un régimen democrático.
Pero el gobierno reaccionó con inesperada rapidez. Diecisiete días después del asesinato de Guzmán se forma el Consejo Coordinador de Seguridad, que tuvo a Marcelo Schilling entre sus integrantes. Su presencia fue crucial, pues simbolizó el compromiso de la izquierda con la pacificación del país, y su ruptura radical con la violencia, cualquiera fuese su justificación. Ese consejo probó en poco tiempo que la democracia era capaz de terminar con los grupos armados y desbaratar la escalada terrorista, sin necesidad de coartar las libertades ciudadanas ni violar los derechos humanos.
La gente queda registrada en la memoria por su actuación en momentos críticos. Así, Schilling quedó marcado por su coraje en defensa de la democracia. En cambio, aquellos diputados que, en vez de rendirle el homenaje que se merecía, buscaron humillarlo, quedarán registrados en el memorial de la mezquindad.