viernes, marzo 19, 2010

A la luz de una vela .Cristián Warnken

Ha llegado carta. Pero desde el pasado. Desde el epicentro de nuestra historia. Y la firma el mismísimo don Diego Portales. Todavía siento sus “réplicas”. El “Epistolario de Diego Portales”, editado por la historiadora Carmen Fariña, es uno de los libros que resistieron en mi estoica biblioteca los vaivenes del terremoto. En el último y largo apagón de la semana pasada, una escuálida vela me salvó de la oscuridad total. La acerqué al azar al libro que tuviera más a mano, lo abrí en cualquier página y ahí estaba la carta escrita por Diego Portales desde Lima en marzo de 1822. Las punzantes observaciones de Portales me iluminaron como antorchas encendidas en la noche. Logré entender por qué nuestra democracia puede ser tan frágil en situaciones extremas, cuando se desatan fuerzas atávicas y entrópicas. Esas remotas reflexiones se me cruzaron —en cámara lenta en mi retina— con las recientes imágenes de las hordas llevándose los plasmas, asaltando hogares de ancianos, quemando porque sí las tiendas recién saqueadas..... Dice Portales: “La democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en países como los americanos, llenos de vicio y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera república”. Portales no era partidario de volver a la monarquía. ¿Qué hacer entonces? En medio del apagón, mi hijo mayor me trae una radio a pilas para escuchar las noticias; le digo que prefiero informarme de la actualidad con Portales. Sigo leyendo la carta enviada desde el siglo XIX: “Entiendo la república para estos países como un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal”.

Mientras en algún rincón de Chile alguien repara el Sistema Interconectado Central, se me cruzan los cables: comprendo que todavía no hemos terminado la primera tarea histórica que nos dejó Portales: el robo hormiga, el pillaje y la pillería se han hecho lamentablemente endémicos en esta latitud.
Es la “virtud”, más que el “orden”, lo que está hoy en peligro en Chile. ¿Qué nos ha pasado? Más grave aún que el que las viejas casas del Chile Profundo estén en el suelo, es que nuestras convicciones y virtudes republicanas, que nos han distinguido en el concierto de América, comiencen a sufrir daños estructurales. Estamos recién empezando a conocer premuras en gastarse el presupuesto antes de dejar el poder de parte de la administración saliente, sumado a despilfarros y mangas anchas que no se condicen con nuestra condición de país austero.

Pero esto sigue… El mismo Presidente de la República recién asumido, quien debe ser el modelo superior de la virtud portaliana, usando esta vez la excusa del terremoto, no ha cumplido lo que prometió al país: desprenderse de todas las acciones de LAN antes de asumir. Y su desvinculación de Chilevisión no es de verdad, sino a medias.

Con esta inexcusable y peligrosa desprolijidad, el Presidente puede involuntariamente estar enviando esta señal a los jóvenes: que no importa incumplir lo prometido en los plazos prometidos. ¿Eso se llama “excelencia”? Yo quiero que a este gobierno le vaya muy bien (sobre todo en estas difíciles horas de la reconstrucción), pero me deja perplejo que una parte de la elite, que debiera ser nuestro modelo de virtud republicana y probidad, mantenga un silencio cómplice sobre este sensible tema. ¿Tan bajas están nuestras varas con las que medimos la impecabilidad?

En la noche, mientras leo la carta de Portales a la luz de una vela, siento que ese silencio inquietante es de los que preparan o preceden a las peores catástrofes.
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