viernes, julio 24, 2009

Falta de oportunidades y prostitución política. Jorge Navarrete

Nuestra arquitectura institucional favorece el anquilosamiento de la clase dirigente, fortaleciendo la lógica del empate e impidiendo que afloren nuevos y mejores liderazgos.
Qué duda cabe: asistimos a un profundo deterioro de la actividad política. Las continuas y reiteradas deserciones de los partidos son sólo un síntoma de una enfermedad mucho más profunda, que afecta a nuestra convivencia pública desde hace ya varios años. En efecto, se trata de un fenómeno transversal que, aunque más notorio en el caso del oficialismo, terminará por contaminar al sistema en su conjunto.
¿Qué hubo ayer detrás de las decisiones de Flores, Schaulsohn, Zaldívar y Navarro; u hoy de Ominami, Trivelli, Muñoz Barra y el alcalde Plaza? Aunque cada caso es diferente y, por lo mismo, cualquier generalización podría resultar un tanto injusta, hay ciertas señales que se repiten en forma constante. Asistimos a un proceso de privatización de la actividad política, en la que los protagonistas se aproximan al espacio público, en especial cuando se trata de cargos de representación popular, como si tuvieran una suerte de derecho adquirido. No es extraño entonces que los partidos, las reglas del juego y, en definitiva, la institucionalidad política que nos hemos dado valgan poco o nada cuando se distribuyen los espacios de poder.

De esta forma, no hay incentivos para la lealtad. Si el mayor compromiso es con uno mismo y nuestras propias circunstancias, no es raro que alternemos de partido o coalición política con la misma habitualidad que cambiamos nuestros calcetines. “Voy donde me den un cupo”, parece ser la consigna. ¿En qué se diferencia eso con “estaré con el mejor postor”? Por eso resulta tan irritante que, adicionalmente, se pretenda vestir a estos movimientos con una cierta aura valórica, como si la principal motivación fueran los principios y no los intereses propios. Sin embargo, la gran mayoría de estos paladines de la ética son viejos conocidos, cuyas trayectorias hacen todavía más evidente la falta de coraje para, al menos, haber explicitado lo que verdaderamente hay detrás: el buscar un espacio más propicio para el desarrollo de un proyecto político personal.

Pero atribuir todos estos males sólo a la naturaleza humana sería desconocer la otra parte del problema: la total ausencia de competencia de nuestro sistema político. Ya es evidente, a estas alturas, que nuestra arquitectura institucional favorece el anquilosamiento de la clase dirigente, fortaleciendo la lógica del empate, impidiendo que afloren nuevos y mejores liderazgos y en definitiva, contribuyendo a que la política sea cada vez más un asunto que concierne a pocos.

Las razones son muchas y bien conocidas por todos: un sistema electoral que en los hechos traslada la competencia al interior de los propios pactos y que facilita la elección de los incumbentes; un procedimiento que designa a los candidatos entre cuatro paredes, obviando la opinión de los electores; la excesiva influencia del dinero en las campañas, lo que no fue corregido por una ley deficiente que. además no se cumple; la congelación de nuestro padrón electoral, lo que asegura un público cautivo para los caudillos locales; o la imposibilidad de llevar más candidatos que los cupos que periódicamente se promueven. Todo ello, por nombrar las barreras de entrada más significativas.

En ese contexto, aplaudo la iniciativa del gobierno en orden a institucionalizar las elecciones primarias, financiadas por el Estado y organizadas por el servicio electoral. Se trata de un instrumento que permitirá ventilar a nuestra clase política, terminando con algunos privilegios por la vía de generar más competencia; la que, al final del día, deberá redundar en una mejor calidad de nuestros representantes.

Se trata, además, de una iniciativa que pondrá término a una práctica arbitraria para designar los candidatos desde los partidos, la que amén de desarrollarse muchas veces en forma poco democrática, ha constituido la principal razón para explicar las continuas deserciones políticas y cambios de camiseta. De aprobarse este proyecto, ya no habrá más excusas. Por una parte, serán los propios ciudadanos y no sólo las directivas quienes finalmente decidan cuáles deben ser los candidatos; y, por la otra, todos podrán competir al interior de sus partidos y coaliciones, de forma que nadie estará excusado de acatar las reglas del juego.
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